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Moralidad Cristiana un hecho de vida

 
 

La palabra moral de donde proviene el concepto de moralidad tiene su origen en el latín lo cual podemos traducir etimológicamente como costumbre (hábito o práctica).  La moral en cuanto a materia de estudio se desarrolla de la teología donde examina o escudriña los actos humanos para considerarlos en su orden sobrenatural.  La moral ayuda al ser humano a orientar sus hechos (actos) creando así normas objetivas que le indiquen lo que debe hacer y lo que debe evitar para adquirir su fin primario y fundamental que es la salvación.     

 

Los actos humanos que se pueden evaluar moralmente son aquellos que el hombre desarrolla con conocimiento, deliberación y libertad.  Con la asistencia de la razón y la voluntad libre el hecho se convierte en acto humano como tal.  Se evalúa y valora su moralidad sobrenatural porque son los que acercan o alejan al hombre de su posibilidad de alcanzar la vida eterna.   Si observamos a nuestro alrededor podemos apreciar que hay distintos tipos de comportamiento en el ser humano.  Algunos de estos hacen que este ser creado a imagen y semejanza de Dios pierda la brújula y entre en conductas basadas en postulados morales que están equivocados.   La moralidad cristiana es algo que está en el aliento de Dios y esto hace que no haya posibilidad de error cuando se sigue tal como está establecida.   En los párrafos a continuación quiero desarrollar una serie de puntos sobre los cuales debe estar fundamentada nuestra moralidad cristiana.

 

En primer lugar la moralidad cristiana debe ser una respuesta.  Una respuesta rotunda y definitiva al Amor de Dios.  Yo se que en muchas ocasiones nos hemos preguntado; ¿cómo Dios nos ama?  Como suelo decir en mis clases (charlas, temas, etc.) Dios nos ama graciosamente… o sea por medio de la Gracia.  San Pablo nos da unas pistas sobre esto en su carta a los Efesios; pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo – ¡ustedes han sido salvados gratuitamente!– y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo.   Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús.  Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe.  Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos (Ef. 2, 4 – 10).   Por otro lado, tenemos que tener muy presente que el Amor de Dios es sumamente poderoso y transformativo a la misma vez.  El libro del Éxodo nos muestra eso poderío en cuanto al Amor de Dios se refiere.  Este libro del Antiguo Testamento nos narra como Dios escucha, actúa, libera y transforma la situación de esclavitud de su pueblo escogido a una llena de grandes compensaciones.  El Amor de Dios no es algo pasivo por el contrario es un “verbo” o sea una constante acción.  Es por esta razón que mi amor hacia Dios lo tengo que demostrar por medio el amor a mi prójimo por medio de la caridad fraterna.  La caridad es el amor hecho acción.

 

Hemos de entender la moralidad cristiana como vida en el Espíritu. El Espíritu Santo tiene la fama de ser el olvidado a lo largo de la historia de la Iglesia.  Sin embargo tanto el Concilio Vaticano II como el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) ha tratado de corregir esta situación. El CIC nos detalla con toda claridad que somos parte de esa fuerza; “La persona humana participa de la luz y la fuerza del Espíritu divino. Por la razón es capaz de comprender el orden de las cosas establecido por el Creador. Por su voluntad es capaz de dirigirse por sí misma a su bien verdadero. Encuentra su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien” (cf. GS 15, 2) (CIC # 1704).  Estamos llamados y autorizados a continuar la misión y el ministerio de Jesucristo en nuestro diario vivir.  Es el Espíritu de Dios quien hace que este llamado sea posible.  “Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Romanos 5, 5).  Nuestra fe nos invita a creer al mismo tiempo que recibimos el don del Espíritu Santo recibimos también el Espíritu de Jesucristo.  Si la misión  y ministerio de Jesús en la tierra fue reconciliar, interceder, sanar, perdonar y amar (entre otras) entonces nuestras vidas deben centrarse en esas mismas cosas.  Hay que notar que es el Espíritu Santo quien nos comunica que Cristo ha resucitado de entre los muertos. 

 

Visualizar la moralidad cristiana como vida sacramental es muy importante.  El Bautismo nos llama a morir y a resucitar.  A morir al pecado y a resucitar a la vida de la gracia divina.  Cuando logramos esto adquirimos una fuerza especial por parte de Dios y somos incorporados al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.  Por el Bautismo somos renovados en el Amor y la Gracia de Dios.  Es por medio del Bautismo que recibimos el Espíritu Santo y sus dones (virtudes teologales etc.).  Tanto el Concilio Vaticano II como el CIC  nos enseñan que la Eucaristía (= Acción de Gracias) es la fuente y eje central de la vida cristiana.  Al finalizar la liturgia eucarística (Santa Misa) se nos envía a servir y ministerial (administrar) viva y latentemente a Cristo en este mundo (diario vivir).  Si entendemos que el sacramento es un signo sensible y palpable (que podemos ver y/o sentir) eficaces (que me confiere) de la gracia, instituidos por Cristo para la salvación del hombre; mi vida sacramental tiene que ser signo vivo de mi proceder en la vida.

 

La moralidad cristiana debe ser participación activa en la construcción del Reino de Dios.  La meta de todas mis convicciones cristianas debe ser el Reino de Dios.  Jesús citando al profeta Isaías nos da unas pistas sobre el Reino de Dios. El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas noticias a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lucas 4, 18 – 19).  Podemos también encontrar otras pistas sobre el Reino en Juan 18, 33 – 36 donde nos deja claro que no es un reino de este mundo.  De igual forma, en Marcos 10, 45 donde nos indica que es un reino de servicio.  Ahora bien, teniendo en cuenta que es un Reino que no es de este mundo (aunque se inicia aquí en esta vida) y que su finalidad es el servicio por medio del amor la participación activa de este Reino requiere humildad.  Nos toca hacer y dar respuestas a preguntas como estas; ¿quiero vivir como Cristo vivió?  ¿Estoy dispuesto a seguir a Cristo hasta el extremo?  ¿Qué estoy disponible a hacer por los demás?  ¿Estoy dispuesto a dar mi vida como Cristo la dio, si fuese necesario?  ¿Qué valor tienen el sacrificio, la entrega y el amor (caridad) en mi vida cristiana?  Que el Amor de Dios guiado por el Espíritu Santo renueve cada día nuestra vida sacramental para que nuestra participación en la construcción del Reino de Dios sea más y más activa.  Que así nos ayude Dios.
 
Autor: Daniel Cáliz